Oficina del Director General

¿Podemos conseguir un mundo sin pandemias?

Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus
Director General de la Organización Mundial de la Salud

Dubai
12 de febrero de 2018

Excelencias, señoras y señores,

Gracias por su amable invitación a dirigirme a ustedes. Es maravilloso estar aquí ante tantos y tan distinguidos líderes de tantas esferas de la vida.

Quiero agradecer especialmente al Gobierno de los Emiratos Árabes Unidos por acoger esta reunión y ayudarnos a imaginar el futuro.

A dejar de predecirlo para empezar a determinarlo, como dijo el orador anterior. Esta plataforma tiene su origen en un liderazgo de amplias miras y es una gran oportunidad.

Quisiera empezar por contarles una historia.

En un campamento militar, un cocinero acude al servicio médico con fiebre, dolor de garganta y malestar general.

A los pocos minutos, aparece un segundo soldado con síntomas similares. A la hora del almuerzo hay más de 100 casos, y más de 500 al final de la semana.

Los batallones del campamento están luchando en tierra extranjera. La vida cerrada del cuartel y los grandes movimientos de tropas crean las condiciones ideales para la propagación del virus.

En cuestión de meses, la epidemia asola cinco continentes.

Los síntomas son fiebre, dolor de cabeza y dolores musculares y articulares. A medida que la situación empeora, los pacientes adquieren un color azulado y se asfixian porque tienen los pulmones llenos de líquido.

No hay vacunas para detener el virus, ni fármacos para combatirlo. Muchas de las víctimas son jóvenes en sus años más productivos.

Se cierran escuelas, lugares de culto, teatros y otros lugares públicos. Se escalona la hora de cierre de los negocios para evitar la congestión del transporte público. Los funerales no duran más de 15 minutos para reducir al mínimo los contactos. Hay escasez de ataúdes.

Y de pronto la pandemia termina tan súbitamente como empezó.

Se ha infectado un tercio de la población mundial y han muerto 100 millones de personas.

Señoras y señores,

No os hablo de una pesadilla del futuro. Esto fue exactamente lo que ocurrió durante la epidemia de gripe “española” en 1918.

La gripe “española” sigue siendo la epidemia más mortal de la historia. Mató a más gente que la Primera Guerra Mundial en sí misma.

Pero sus enseñanzas son tan pertinentes hoy como entonces: una epidemia devastadora puede comenzar en cualquier momento en cualquier país y matar a millones de personas porque no estamos preparados. Porque seguimos siendo vulnerables.

Afortunadamente, desde entonces no hemos vivido una emergencia de salud pública de esa magnitud. Pero puede ocurrir en cualquier momento. Las epidemias son una realidad y el mundo sigue siendo vulnerable.

A veces es cuestión de suerte. El virus gripal H5N1 que apareció en 2003 es extremadamente peligroso, pero afortunamente no ha adquirido la capacidad de propagarse fácilmente entre los humanos.

En cambio, el virus H1N1 causante de la pandemia mundial de 2009 se transmitía muy fácilmente de una persona a otra, pero por fortuna causaba una enfermedad leve en la mayoría de los casos.

El brote más impactante de nuestros tiempos ha sido sin duda el de ebola en 2014.

Aunque afectó a tres países pobres de África Occidental, puso de manifiesto deficiencias de la seguridad sanitaria mundial que supusieron un riesgo para todos nosotros.

Además de su terrible costo en vidas humanas, el ebola también tuvo efectos económicos devastadores. El FMI revisó a la baja las previsiones de crecimiento de los tres países afectados. Los precios de las materias primas se desplomaron, y el desempleo y el déficit fiscal aumentaron.

El ebola mostró lo vulnerable que es el mundo.

Desde que asumí el cargo el pasado año, he hecho de las emergencias sanitarias, es decir, de la seguridad sanitaria, un centro de atención diaria de la Organización Mundial de la Salud.

Recibo diariamente una nota informativa que me tiene al corriente del estado de todos los brotes y otras emergencias sanitarias que hay en el mundo.

Disponemos de un cuadro de mandos con datos prácticamente en tiempo real sobre todas las emergencias.

Hemos establecido el Consejo de Seguridad Sanitaria de la OMS, que se reúne quincenalmente, presidido por mí y por el Director General Adjunto para Emergencias Sanitarias, para analizar en profundidad las emergencias y asegurarnos de que no nos pillen por sorpresa.

Cada mes la OMS examina alrededor de 5000 indicios de nuevos brotes en todo el mundo, y los seguimos cuidadosamente porque pasar por alto cualquiera de ellos puede suponer la diferencia que hay entre la propagación mundial de una enfermedad mortal y la rápida interrupción de su transmisión.

Hay señales de que este planteamiento está funcionando.

Cuando el año pasado se nos notificó un brote de peste en Madagascar, la respuesta rápida del Gobierno del país, con el apoyo de la OMS y otros asociados, permitió controlarlo rápidamente y que no se propagara.

Igualmente, cuando el año pasado apareció en Uganda el peligrosísimo virus de Marburgo, la actuación rápida consiguió que no se propagara a Kenya y otros países.

El ebola nos ha aportado varias enseñanzas, dolorosas, pero también valiosas. La más importante es que la fragilidad del sistema de salud de un país puede exponernos a una catástrofe sanitaria mundial.

El desastre está a la vuelta de la esquina cuando los sistemas de vigilancia no son adecuados, los profesionales sanitarios no acuden al trabajo porque no se les paga desde hace meses, hay escasez de medicamentos o no hay sistemas de prevención y control de las infecciones.

Pero no basta con responder a los brotes. Hay que hacer todo lo posible por prevenirlos.

Para ello tenemos que abordar la causa primaria de la inseguridad sanitaria: la falta de acceso de las personas más vulnerables a servicios de salud esenciales.

En última instancia, la mayor amenaza para la seguridad sanitaria es la inexistencia de una cobertura sanitaria universal.

La cobertura sanitaria universal y la seguridad sanitaria son las dos caras de la misma moneda.

Pero la realidad es que al menos la mitad de la población mundial —3500 millones de personas— no tiene acceso a servicios de salud esenciales.

Y cada año cerca de 100 millones caen en la pobreza extrema por tener que pagar de su propio bolsillo los costos de la atención.

Los signos más precoces de un brote pueden pasar inadvertidos cuando la gente no dispone de un profesional sanitario cerca de su casa o no se puede pagar el uso de servicios que sí existen.

Pero cuando puede acceder a servicios de calidad sin verse expuesta a dificultades económicas, es posible detener una epidemia devastadora incluso antes de que empiece.

Las nuevas tecnologías, el gran volumen de datos y la cibersalud serán fundamentales para mejorar la vigilancia y ampliar el acceso a los servicios, pero, sorprendentemente, en muchos casos las mejores defensas no requieren grandes tecnologías.

Las evidencias y la experiencia revelan que la cobertura sanitaria universal está al alcance de todos los países, cualquiera que sea su nivel de ingresos. Todas las naciones pueden hacer más con los recursos de que disponen.

En Rwanda, por ejemplo, hay un programa de seguro de enfermedad de base comunitaria que cubre a más del 80% de la población en un país en el que el 90% de la gente trabaja en el sector informal.

Recientemente visité en Rwanda un centro de salud donde me dijeron que dan a luz todas las mujeres y se vacunan todos los niños de la zona. Esto es increíble, incluso en países que son mucho más ricos que Rwanda.

O véase China, que en los últimos 20 años ha hecho inversiones masivas en su infraestructura sanitaria y logrado una mayor igualdad en el acceso de su vasta población a los servicios de salud. También en Tailandia se están haciendo progresos rápidos.

El resultado han sido grandes reducciones de la mortalidad materna e infantil, mejores resultados sanitarios y un aumento de la esperanza de vida.

Los beneficios de la cobertura sanitaria universal van mucho más allá de la salud.

Igual que las epidemias pueden debilitar la economía, la cobertura sanitaria universal puede ayudarla a crecer. Los sistemas de salud sólidos y resilientes son fundamentales para una economía sólida y resiliente.

Cuando la población está sana, las comunidades y las naciones progresan. Cuando los niños viven hasta la edad adulta, se convierten en miembros productivos de la sociedad. Cuando las mujeres sobreviven al parto, pueden volver a trabajar o a cuidar de sus familias. Cuando las comunidades están libres de contaminación, productos nocivos y otras causas de enfermedad, prosperan.

Demasiado a menudo, los gobiernos ven el sector de la salud como una fuente de costos que hay que contener, más que como una inversión que hay que cuidar. Sin embargo, el rendimiento de las inversiones en salud es contundente: los principales economistas del mundo calculan que cada US$ invertido en salud rinde hasta US$20 en crecimiento de los ingresos en una generación.

El sector de la salud es también una creciente fuente de empleo. Entre los países de la OCDE, el empleo en los sectores social y de la salud ha crecido un 48% entre 2000 y 2014, mientras que en la industria y la agricultura se ha reducido.

Y como el 70% del personal sanitario mundial son mujeres, el trabajo en la sanidad es trabajo para las mujeres.

Todo esto significa que para la mayoría de los países el único obstáculo real es la falta de voluntad política.

En última instancia, la cobertura sanitaria universal es una elección política.

El mes pasado estuve en Kenya, donde el Presidente Kenyatta ha anunciado recientemente que la atención sanitaria asequible será uno de los cuatro pilares de la economía del país en su segundo mandato.

Hace tan solo un par de semanas, la India anunció un aumento del 12% en su presupuesto sanitario, con lo que beneficiarán 500 millones de personas y se establecerán 150 000 centros de salud y bienestar.

No hay una sola vía para llegar a la cobertura sanitaria universal. Cada país debe encontrar su propio camino en su contexto social, político y económico.

Señoras y señores,

No sabemos cuando tendrá lugar la próxima pandemia, pero sí sabemos que se cobrará un precio terrible, tanto en vidas humanas como en la economía mundial. Hasta puede que sea causa de inestabilidad política.

La cuestión es: ¿podemos conseguir un mundo sin pandemias? No hay ninguna garantía, pero con una preparación meticulosa y una respuesta rápida podemos evitar que se descontrolen la mayoría de los brotes y reducir el impacto de aquellos que tengan una propagación internacional.

Pero no es tarea exclusivamente nuestra, del sector de la salud. Todos tienen su papel, desde los que velan por la inocuidad de nuestros alimentos hasta quienes luchan por la seguridad del mundo. Así pues, ¿qué podemos hacer?

La clave es, como he dicho, reconocer que la cobertura sanitaria universal y la seguridad sanitaria son las dos caras de la misma moneda e invertir en el fortalecimiento del tejido de los sistemas de salud en todo el mundo. Los sistemas de salud fuertes son nuestra garantía.

Es por eso que la OMS trabaja en todo el mundo para fortalecer sistemas de salud basados en la atención primaria centrada en las personas y enfocados en la promoción de la salud y la prevención de las enfermedades, prestando especial atención a los sistemas de vigilancia.

Pero también estoy llevando a la OMS más allá de lo técnico, hacia lo político. En la actualidad existe un empuje político sin precedentes hacia la cobertura sanitaria universal.

En la Asamblea Mundial de la Salud de 2018 plantearemos a todos los países el reto de tomar tres medidas concretas para hacer de la cobertura sanitaria universal una realidad.

Es posible mejorar incluso los mejores sistemas de salud.

En segundo lugar, debemos dar prioridad a la investigación y desarrollo de nuevas vacunas y medicamentos. En el Proyecto de Investigación y Desarrollo de la OMS se identifican los patógenos con más probabilidades de desencadenar una pandemia y se ofrecen orientaciones sobre los ámbitos en los que más urgentes son las inversiones. No obstante, la tarea es difícil porque hay millones de virus que podrían desencadenar pandemias.

Tercero, es fundamental que cartografiemos la capacidad mundial de preparación y respuesta ante emergencias. Es precisamente esto lo que hemos empezado a hacer con Wellcome Trust. El objetivo es establecer un “ejército sanitario de reserva” que pueda ser desplegado en cualquier lugar del mundo en 72 horas para dar respuesta a brotes y otras emergencias sanitarias. Además, estamos creando junto con el Banco Mundial una fuerte alianza en materia de cobertura sanitaria universal y seguridad sanitaria.

Por último, necesitamos financiar de forma sostenible el sistema mundial de seguridad sanitaria para prevenir, detectar y dar respuesta a las amenazas. Los gobiernos deben pasar de las palabras a los hechos y garantizar un nivel seguro de financiación para contingencias relacionadas con emergencias sanitarias.

Atender estas prioridades tendrá su costo, evidentemente, pero será solo una fracción del costo que supondrá seguir sin estar preparados. Por cierto, las estimaciones de lo que costaría evitar lo que sucedió con el ebola no superan los US$ 2 millones. Pero al final del brote de ebola se gastaron más de US$ 2 mil millones.

Al final, no solo es mejor prevenir que curar; además resulta más barato.

Vayamos a lo esencial e invirtamos en prevención, prevención y prevención.

Gracias. Shukraan jazeelan.